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martes, 6 de mayo de 2014

AIRE EN EL PATIO 2011, la fuerza de la airén manchega.




Mi inclinación últimamente por probar más vinos blancos que tintos me hace pensar en la posibilidad de que estén cambiando mis gustos personales, bien por la edad o simplemente por la gran cantidad de vinos de los que disfruto año tras año. Sinceramente, encuentro en los vinos blancos más expresión de la tierra y transparencia de lo que el elaborador o creador de ese vino quiere comunicar. Esto no quiere decir que los tintos no me sorprendan o que ya me hayan dejado de gustar, ni mucho menos. Simplemente es eso, creo que hay mucho más “juego organoléptico” a la hora de catarlos y por consiguiente, se disfrutan más. Es una opinión personal, englobando en este grupo de blancos a los generosos y dulces cuya base siempre sea el vino blanco.

Si a esto le sumamos que estos blancos están elaborados con todo el mimo y amor posible y respeto por la tierra de donde proceden, las sensaciones a experimentar se pueden multiplicar. Son esos vinos diferentes, atípicos y con mucha personalidad, que salen de los estándares universales, siguiendo una filosofía natural e inequívocamente respetuosa con su entorno para poder transmitir la verdadera esencia de su ser.
Uno de los productores o “creador de sueños” españoles que saben hacer muy bien esto es Samuel Cano en la extensa La Mancha, más concretamente en Cuenca. Su gama de “Vinos Patio” transmiten al consumidor esa verdad líquida sólo posible trabajando en armonía con la naturaleza, con una agricultura totalmente natural y una elaboración muy personal, antojosa a veces, pero siempre aplicando las prácticas naturales, sin añadidos ni fertilizantes químicos.


Y de sus vinos, me quedo con su blanco 100% airén AIRE EN EL PATIO 2011. Un vino diferente y con mucha personalidad, que en esta añada Samuel decide hacer una larga maceración en contacto con sus hollejos durante 6 días con bâtonnages periódicos según tengo entendido, para extraer aún mas de esas pieles la personalidad de la uva y mineralidad de la tierra, aparte de dotar al vino de un color y cuerpo más intensos. Esta práctica no es usual a la hora de elaborar vinos blancos, pero cada vez se practica más, principalmente en bodegas que buscan diferenciarse un poco. Es como elaborar un vino blanco como si fuera un tinto, es decir, macerando el mosto con sus hollejos. Otra característica de este vino es su crianza durante unos 6 meses en barricas usadas de roble americano y otras para dotarlo de una mejor evolución en botella, aparte de cederle aromas y taninos de la madera. Resultado, un vino natural muy complejo que muchos señalarían como “raro” por su gran personalidad y diferenciación con los blancos comunes. Lo podría catalogar como un vino no apto para todos los públicos, donde el que lo prueba puede o no gustarle, es muy radical.


Después de dejar que descanse durante varios meses en botella como me habían aconsejado, decido abrirlo y por fin disfrutar de él. La botella es de grueso cristal semioscuro, preparada para evitar que una intensa luz intervenga negativamente en la correcta evolución del vino en la misma, dada su naturalidad. A pesar de ello, se puede observar a través de ella como existen posos y restos de lías en suspensión, como se ve en la foto, tan difíciles de encontrar en vinos “comerciales” por considerarse como un defecto o falta de limpieza del mismo cuando no es así. Es otra prueba de la naturalidad y de la mínima intervención de Samuel en sus vinos.



Os cuento qué me encontré cuando lo abrí:


AIRE EN EL PATIO 2011

100% airén de cepas viejas en vaso de más de 65 años de Mota del Cuervo (Cuenca).

Vino de mesa.

Criado en barricas usadas de roble americano y otras durante 6 meses.

13% alcohol.

500 botellas aprox.

8-10€ aprox.



VISTA

En copa es un vino turbio aunque con la brillantez propia de los vinos jóvenes. Su color es un poco dorado (oro nuevo) con reflejos entre ámbar y cobrizo de baja intensidad, parecido al color de los amontillados jerezanos cuando son jóvenes, y movimiento algo denso en copa, dejando gruesas lágrimas que resbalan por el cristal. La turbidez es su aspecto más destacable en esta fase de la cata, donde nos avisa de la naturalidad del vino y ausencia de cualquier filtración. Recordemos que no se debe juzgar a un vino por la primera impresión, la vista, siendo sólo un dato orientativo pero nunca determinante.


OLFATO

A copa parada destaca por sus matices varietales y sensación algo dulce. Recuerda al caldo de la lata de piña en almíbar y a la Flor de Azahar del naranjo. Movemos y aparecen nuevos aromas no muy intensos pero originales: nísperos, carne cocida, arcilla, frutos secos (orejones y almendras), manzana al horno, crema de bollo, vainilla, miel, dulce de membrillo, etc. Da sensación de un vino fresco, silvestre y salvaje.


GUSTO

En boca, de entrada es amable, ligero, graso, cítrico, de acidez equilibrada y final amargoso y persistente. Diferente, rústico y con mucha personalidad. Los aromas cítricos y los mencionados en la fase olfativa vuelven en esta fase por el retrogusto dejando una agradable sensación calurosa. Me gusta su complejidad, madurez y personalidad.


Otro aspecto destacable en este singular vino es su capacidad para evolucionar en copa, volviéndose más redondo en boca y regalándonos nuevos aromas a lo largo de su disfrute como a resina de pino, brea o cedro entre otros.

También es increíble cómo estaba el vino después de una semana desde que lo abrí, cómo había cambiado pero para bien. Es una de las características positivas que tienen estos vinos naturales, que no te mienten y no están engañados con aditivos químicos que, al final pienso, actúan negativamente en este aspecto.



Visto lo visto, es obligatorio seguir a este agricultor, amante de sus vinos, que nacen de la tierra sin disfraces ni tules por medio, capaces de sorprendernos por su excelente naturalidad y elaboración muy personal… Gracias Samuel Cano, seguiremos aprendiendo.



martes, 15 de enero de 2013

VINOS DIFERENTES, la naturaleza de la esencia.




Hoy en día podemos encontrar cientos y cientos de botellas de vinos en grandes superficies, vinotecas y páginas web. Marcas conocidas, con prestigio y años a sus espaldas, seguidos por un público fiel a su línea de sensaciones; o marcas nuevas que buscan producir una atracción bien a través de su vestido (visual) o de su esencia (vino en sí). Personas como la que escribe, que prueba más de 100 vinos al año, llega a la conclusión de que lo que busca es la diferenciación en cada botella que abre, es decir, una distinción sensorial que nos haga fruncir el ceño o despertar una sonrisa de satisfacción por algo nuevo que hayamos encontrado. Y sinceramente, no creo que en los lugares anteriormente mencionados encuentre esa diferenciación de lo global.



No es que esté aburrido o agotado mentalmente para seguir probando estos estupendos vinos, ni mucho menos, pero personalmente lo que busco es eso, las diferencias. Que la chardonnay me sorprenda con un cuerpo menos untuoso, que la tinta de Toro desprenda frescura por los cuatro costados, que una Manzanilla no sea blanca sino amarilla… Y esto creo que se puede encontrar más cerca de lo que creemos, en los vinos “naturales” de los pueblos que nos rodean.


Lías en suspensión

Son aquellos vinos que se hacen en las casas rurales para el consumo familiar diario, sin ataduras de legislaciones ni inspecciones encaminadas verdaderamente por otros a la elevar sus economías. Son vinos que nos transmiten su íntima relación con la tierra de donde proceden, regalándonos su autenticidad y una tradición arraigada a la zona. Los elaboran de forma natural, sin aditivos químicos para su longevidad o antioxidantes, sólo los que trae consigo las uvas, que ya es mucho. Por eso, pueden aparecer sedimentos propios de este tipo de elaboración como son los posos, lías o olores de fermentación más acusados que irán desapareciendo con una buena oxigenación o jarreo. Normalmente se los considera como vinos “a granel” y los podemos encontrar en garrafas de cristal o plástico o en botellas de cristal transparentes sin etiquetas identificativas, ya que nos basta con conocer al elaborador. Utilizan métodos tradicionales como envases de barro, tinajas, pitarras, barricas viejas muy usadas, depósitos de cemento, cuevas subterráneas, etc. Hay algunos que intentan dar el salto y empiezan acogiendo sus vinos a la categoría de Vino de Mesa donde las exigencias son menos duras. En esta categoría también podemos encontrar buenos vinos complejos sensorialmente hablando, fáciles de beber y encaminados al consumo diario para acompañar los platos, pero que además nos regalan ese plus que antes mencioné… algo diferente.

Muestra de varios vinos naturales

A veces pienso que los carísimos “vinos de garaje” (vinos de autor de bodegueros de escasísima producción) que hoy en día se comercializan, intentan imitar y transmitir esa diferenciación al consumidor. Tener esa personalidad propia y despegarse de los vinos comerciales, pero erróneamente con precios desorbitados, que quieran o no influyen irremediablemente en la valoración personal del consumidor.


Toda esta reflexión que os cuento surge a consecuencia de una garrafa de vino que hace poco me regalaron unos buenos vecinos de su pueblo natal. Es un vino de la zona suroeste de la provincia de Málaga, de Manilva, una región con una dilatada tradición vinícola donde muchas de sus bodegas están acogidas a la D.O. Vinos de Málaga, pero donde también hay muchas que van por libre y venden su producto desde la misma bodega o a pequeñas tiendas de comestibles que hay repartidas por todo el pueblo en garrafas de plástico o botellas de cristal sin etiquetar. Manilva es una de las cinco regiones vitícolas en las que se divide la provincia malagueña que colinda con la provincia de Cádiz y formada por suelos albarizos situados en colinas suaves próximas al mar mediterráneo. Su clima tiene influencias atlánticas y mediterráneas y con escasas lluvias.

El vino en cuestión, si nos adentramos en su análisis sensorial, de momento tiene un color atípico, diferente. Es el primer contacto con el vino, el visual, y ya crea curiosidad y ganas de abrirlo. Es de un color no muy brillante, algo turbio incluso, entre rosa y ámbar pálido con matices rojizos, natural por su ausencia de filtrado tal y como lo demuestran sus posos en el fondo de la botella, y con lágrimas medio lentas. En copa nos regala una nariz muy frutal, pronto se adivina la variedad, la moscatel de Alejandría, uva blanca reina en la costa malagueña junto con la Pedro Ximénez. Aromas auvados muy maduros o sobremadurados, pera confitada, florales sobre un original fondo húmedo a barro o arcilla, matices terrosos, brea y fruta cocida. En boca es semidulce, no muy potente, suave, expresivo, de cuerpo ligero y baja acidez y con final intenso y espiritoso, con sabores arcillosos y a fruta blanca muy dulce sobremadurada. Es un vino diferente a lo habitual, y eso como antes os he dicho, me agrada, con sus virtudes y sus defectos, pero me cuenta cosas distintas a la mayoría de vinos que nos podemos encontrar en la mayoría de bares y restaurantes.
Seguiremos buscando, porque seguro que esta búsqueda es eterna, gracias a Dios.